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Bartimeo El Ciego William Marrion Branham

Bartimeo El Ciego MP3 - William Marrion Branham

60-0330

Cita del Mensaje de William Marrion Branham:
Y cuando el gran profeta pasó por allí y encontró esto, sencillamente le bendijo su alma al ver que ella amaba a Dios lo suficiente como para honrar a Su siervo. Así que ella... Entonces el profeta le dijo a su siervo Giezi: “Ve, pregúntale a ella si yo pudiera hablarle al general principal o si hay algún favor que yo pudiera hacer por ella”. Y el siervo regresó y dijo: “No, ella dice que ella habita en medio de su propio pueblo, y que no tiene necesidad de nada. Gracias, de todos modos”. Pero Giezi dijo: “Su marido es viejo, y ellos no tienen hijos”. Así que ha de haber sido Dios que le dio una visión al profeta. Entonces cuando él... Dijo: “¡Llámala a la puerta!” Y cuando ella se paró a la puerta, el anciano profeta se levantó y dijo: “ASI DICE EL SEÑOR, el año que viene, tú tendrás un hijo”. Sin embargo, la mujer no podía ver cómo eso pudiera ser posible, pero en el tiempo señalado ella tuvo un niño hermoso. Y cómo ella amaba a este niño.

Y puedo oírla a ella decir: “Bartimeo, ¿sabes tú?, los niñitos y las niñitas son las bendiciones de Dios para una familia. Hay algo respecto a ello que ata a la familia junta. ¿Ves tú, Bartimeo?, Dios le dio a esa mujer solitaria un niño. Y Dios nos dio a ti, Bartimeo, a mi esposo y a mí, tú papi. Y ahora, tú eres nuestro tesorito aquí en casa. ¡Oh, te amamos tanto!” Y él ponía sus bracitos alrededor de su cuello y la abrazaba. Y allí él estaba ahora, arrugado y viejo. Y ella había muerto hacía años. Luego ella le contaba la historia de cómo el niño quería seguir a su papá, dijo: “Igual que tú, Bartimeo”. Iba al campo. Y un día, ha de haber sido como al mediodía, lo más caluroso en Palestina. Y le ha de haber dado una insolación por el sol, porque él gritó: “¡Ay mi cabeza, mi cabeza!” Su padre lo envió a casa. Y él se sentó en las piernas de su madre como hasta mediodía, y él murió. Pero cómo Dios lidió con esa mujer. Cómo ella se lo llevó a él, y fue a ese lugarcito y lo puso sobre la cama en donde el profeta se había acostado (el representante de Dios), lo puso sobre la cama.

Ella enalbardó una mula y se fue al monte Carmelo. El profeta no sabía cuál era su problema. El envió a Giezi, y dijo: “Ve, y ve cuál es el problema de la sunamita. Ella tiene pesar en su corazón y Dios me ha encubierto el motivo”. Dios no les dice todo a sus profetas. El sólo les dice a sus siervos lo que El quiere que ellos sepan, nada más. ¿Ven? Ellos no pueden hacer que Dios les diga nada más. Dios sólo dice lo que El desea decir. Y entonces, el–el siervo tomó el báculo de Eliseo para ir a ponerlo sobre el niño, pero la mujer se mantuvo allí. Ella sabía que Dios estaba en ese profeta, y ella dijo: “Yo no te dejaré”. Ella quería saber por qué Dios le había dado a ella el bebé, y luego se lo había quitado. Pero, ¿ven Uds.?, todas las cosas les ayudan a bien para aquellos que aman al Señor. Ella le enseñaba a Bartimeo esas lecciones. Entonces él se detenía a pensar y decía: “Entonces, ¿cómo pudiera ser para bien que yo esté ciego? Pero mi madre, sin duda, estaba correcta”.

Entonces él continuó con su sueño. Y después de un rato, empezó a pensar otra vez: “Mira: ¿sabes qué? Eliseo entró en ese cuarto, caminó de una punta a la otra, de atrás para adelante en el piso, fue y tendió su cuerpo sobre ese niñito muerto y el niño estornudó siete veces y volvió a vida”. ¡Oh!, cómo sus ojitos le brillaban, decía: “Mamá, ¿ese Dios todavía vive?” “Oh, sí, querido. El vive aquí mismo en estas colinas de Judea. El se queda en Su pueblo. El nunca los deja”. Eso estaba sonando dentro de su corazón. Toda la noche él había soñado que tenía su vista otra vez. El pensó: “Oh, cuán glorioso sería aquí, si yo pudiera ver las hojas de otoño caerse, si yo pudiera una vez más mirar alrededor”. (La ceguera es una cosa horrible. El mundo entero está aislado de Ud., el mundo visible).

Y allí, sentado allí... Y luego él solía pensar de otra gran historia. Su madre se sentaba en el porche, mirando hacia el Jordán, y ella decía: “Bartimeo, justo allí mismo, a menos de media milla [a menos de 800 m.–Trad.], justo adelante del vado, en el mes de abril, cuando toda la nieve se había derretido y el río estaba hasta aquí en el–en el valle, Dios guió a Su pueblo al otro lado, y luego abrió el camino, y cruzó el Jordán en tierra seca. Y él pensaba en esas historias. El decía: “Oh, pero, ¡ay de mí!, me pregunto qué le sucedió a ese gran Dios. Nuestro sacerdote nos dice que ‘los días de los milagros han pasado; esas cosas ya no pueden suceder’”. Ese es el problema hoy en día. Tenemos mucho de eso, diciendo que Dios “era”, pero “no es” ahora. La Biblia dice que “El es el mismo ayer, hoy, y por los siglos”. Tanto es Dios hoy en día como lo era en ese entonces, y El siempre será Dios. Si El alguna vez era Dios, El siempre será Dios. El no puede morir. El–El no puede envejecerse. El no puede cambiar Su mente. El no puede hacer nuevas decisiones sobre las cosas que El ya ha hecho decisiones. Su primera decisión fue correcta y por siempre tiene que ser correcta, o El hizo la decisión incorrecta cuando El la hizo. ¿Ven? El siempre tiene que mantenerse con Su primera decisión. El es perfecto, infinito, y no puede cambiar. ¡Oh!, esa es una consolación que debemos tener. Todo aquel buscando a Dios, debe tener esa firme consolación, que Dios no puede cambiar.

Yo puedo decir algo, y decir: “Lo siento que lo dije”. Yo pudiera haber estado errado. Pero El no puede decir eso, porque El es perfecto, El es infinito. Nosotros somos finitos. Nosotros podemos hacer cualquier clase de error, pero El no puede. Y si El alguna vez fue llamado a la escena para sanar a una persona, y El sanó a esa persona de acuerdo a su fe, la siguiente vez que El es llamado, El tiene que sanar a la siguiente, y a la siguiente, y a toda aquella que venga a El. Si El es llamado a la escena para salvar a una persona, y El la salva sobre su fe, cada una que lo llame con fe, El tiene que salvarla. Correcto. Y recuerden: bienaventurado es Ud. cuando Dios lo llama a Ud., cuando Ud. siente el llamado de Dios, porque: “Ninguno puede venir a Mí, si Mi Padre no lo llamare primero”. Es Dios tocando a la puerta de su corazón. ¿Qué si El nunca tocara? Piénsenlo. Qué cosa tan horrible sería esa. Pero Dios le da a cada uno una oportunidad. Ud. mismo la rehúsa.

Mientras Bartimeo estaba sentado allí, de repente él oyó el chasquido de las pezuñas de una mulita que venía caminando por los grandes adoquines, iba rumbo a Jerusalén. “¡Oh!”, él piensa: “Este debe ser un–un hombre rico que viene”. La única manera para viajar en ese entonces, era a pie o por medio de un burro. Y–y la gente rica podía cabalgar en una mula. El pudiera haber dicho: “Esta debe ser una oportunidad para poder obtener una limosna”. Así que él levanta sus manos, corriendo a la calle, o al camino, diciendo: “Ten misericordia de mí, yo soy un hombre ciego. Yo me quedé dormido esta mañana. Yo no tengo una moneda. No tengo mi leña para el invierno. No hay harina en el barril. ¿Me ayudaría, por favor?” Y el siervo detiene la mulita, y él oye una–una voz tosca diciendo: “¡Quítate de mi camino, mendigo! Yo soy el siervo del Señor. Yo soy un sacerdote de Jerusalén. Va a estar un fanático (así llamado profeta) aquí hoy, para tener un servicio de sanidad. ¡Quítate de mi camino! Vamos a traer aquí a la asociación ministerial, y asegurar que nada como eso suceda en nuestra ciudad. Nosotros no queremos nada de eso allí. No tendremos tales cosas como ésas allí. Tú quieres, ¿qué? ¡Quítate de mi camino, mendigo! Debo seguir mi camino”. Y la mulita continuó caminando.

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