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Jehovah Jireh No.2 William Marrion Branham

Jehovah Jireh No.2 MP3 - William Marrion Branham

60-0802

Cita del Mensaje de William Marrion Branham:

Abimelec se enamoró de ella. La abuela anciana con una gorrita encima de su cabeza, y como Uds. saben, dijo: “¡Oh, tú eres de hermosa apariencia, querida. Tú eres de hermosa apariencia”. Sí. ¡Tonterías!, El la hizo una hermosa mujer joven. Seguro que El la hizo. ¿Qué va a hacer El con nosotros, gente anciana, uno de estos días? ¡Cambiarnos! ¡Aleluya! “Todos los días de mi tiempo señalado”, dijo Job: “Yo esperaré hasta que mi tiempo venga (¡amén!), cuando mi cambio venga”. Sí, señor. Seremos cambiados en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, y juntos seremos arrebatados con ellos, los resucitados, para encontrar al Señor en el aire, y para siempre estar con El. ¡Oh, yo estoy tan contento que puedo decir que soy uno de ellos! Amén...?... Me siento muy religioso. ¡Qué cosa!, ¡pensar de eso! No importa lo que suceda aquí en la tierra, eso no tiene nada que ver con ello; yo volaré una de estas mañanas.

Sí, señor. Los cambió a una... Y yo quiero que Uds. se fijen en otra cosa, cómo Dios tiene cuidado de Su pueblo. ¿Se fijaron Uds.? Ahora, Abimelec dijo: “¡Oh!, esa es la que yo he estado esperando todos estos años”. Así que él fue para tomar a Sara como su esposa, pero Uds. recuerdan que de ese linaje puro tenía que venir el Mesías. Y Dios plagó su casa. Y allí estaba Abraham sentado allá afuera, como que... El estaba en la promesa. El tenía la... Ahora, si ese fuera Ud., Ud. pudiera decir: “Yo no soy digno de eso”. ¿Piensa Ud. que Abraham era digno de ello? No, señor. ¿Después que un hombre va allá y dice eso tocante a su esposa, dice que ella era su hermana, y permitió que otro hombre tomara a su esposa para salvar su propio pellejo? Seguro que él no era digno de eso, pero Dios no mira a su... si Ud. es digno o no; es su fe en lo que Ud. le ha prometido a El que Ud. será, si El sólo hace algo por Ud.

Allí Abimelec, creo yo, un buen hermano, dijo sus oraciones, se bañó, y estiró sus grandes pies y dormir muy–muy confortable, dobló sus manos y dijo: “Mañana me casaré con esa hermosa mujer hebrea”. Se la llevó a la casa, y–y le puso toda clase de ropa elegante, y aretes, y la hermosearon toda, Uds. saben. De unos cien años, como Uds. saben, era más o menos su edad, pero ella fue regresada a ser una mujer joven. Y luego al siguiente día cuando él pensó que se iba casar, Dios le apareció en un sueño y dijo: “¡Tú eres un hombre muerto!” Sí, señor. “¡Tú eres un hombre muerto!” Dijo: “Tú has tomado la mujer de otro hombre”. Así que esa es una buena lección, hermano. “Tú has tomado la mujer de otro hombre”. “Bueno”, él dijo: “Bueno, Señor, Tú conoces la integridad de mi corazón. Tú sabes que ella me dijo que ese era su hermano, y él me dijo: ‘Esa es mi hermana’. Y en la integridad de mi corazón....” El dijo: “Esa es la razón que Yo te detuve de pecar contra Mí. Pero su esposo es Mi profeta. Yo no oiré tu oración. Pero devuélvele a él su esposa, y que él ore por ti, y Yo te sanaré”. ¡Amén!

¡Oh, me gusta eso! ¡La gracia de Dios para Sus hijos! El poder de la fe, el poder de la oración, cambia las cosas. ¡Oh!, hermano, hermana, estamos viviendo en las sombras de Su justicia, las sombras de Su Venida. Ese mismo Dios que vivió en el día de Abraham sencillamente es el mismo Dios hoy en día; El es el mismo ayer, hoy, y por los siglos. Todo el infierno no puede romper una de estas promesas. Dios se queda con Su promesa. No hay nada que lo pueda alguna vez cambiar a El. Oh, si tan sólo pudiéramos creerle a El, tan sólo realizar que.... Hermanos, les estoy diciendo a Uds., Uds. pueblo Pentecostal están viendo y han visto tanto a través de su vida desde que Uds. han llegado a ser hijos de Dios, han visto tanto de la bondad, y misericordia, y gloria de Dios, al grado que han llegado a ser muy comunes para Uds. Es muy común. Uds.–Uds.–Uds. no... Eso–eso hace que Uds. pierdan la fe. Oh, Uds. sólo piensan que hay mucha gente que quizás... Uno va a Africa, a Asia, a Australia, a alguna de esa gente que nunca lo ha visto. Y deje que algunos de esos nativos Africanos, que ellos vean que sucede eso que la gloria de Dios caiga de esa manera, ¡hermanos!, ellos lo creen, toman ese ídolo y lo rompen contra el suelo, y abrazan a Jesucristo, porque ellos nunca lo han visto antes.

En una ocasión, había un hombre que había estudiado y nunca había visto el mar, y él había estudiado tocante al mar. Y él iba a ir... tomó una vacación; él iba a ir al mar. Y así que, él se encontró con un anciano lobo de mar (un marinero Uds. saben), que venía del mar, y él dijo mientras él pasaba, él dijo: “¿Adónde va Ud., mi buen hombre?” El dijo: “Oh, yo voy al mar. Yo nunca lo he visto”. El dijo: “Oh, anhelo oír el llamado indómito de las gaviotas a medida que vuelan en el aire. Yo quiero ver las olas saladas, y lo azul levantarse y golpear; yo quiero oler esa agua salada fresca”. Dijo: “Yo he leído al respecto, yo he pensado al respecto”, dijo, “pero, yo lo voy a ver ahora”. Y el anciano lobo de mar sacó su pipa de su boca, y dijo: “Yo no veo nada que sea bueno tocante a ello”. Dijo: “Yo nací en él hace sesenta años”. ¿Ven? El había visto tanto de ello, al grado que llegó a ser común. Y yo pienso que ese es el problema con nosotros gente Pentecostal. Uds. ven tanto la gloria de Dios, al grado que llega a ser común. Nunca permitan que llegue a ser común. Nosotros siempre debemos reverenciarla y respetarla y creerla con todo nuestro corazón, con todo nuestro corazón.

Dios es bueno. El quiere que–que obtengamos lo mejor. Nosotros somos Sus hijos. Nosotros... El quiere que tengamos lo mejor que hay. Nosotros somos lo mejor de Su cosecha, y El quiere que–que tengamos lo mejor que hay. ¿Creen Uds. eso? Allá en Louisiana, teníamos un anciano hermano de color, allá, un hermano Pentecostal, y él era un buen predicador anciano. Yo lo admiraba mucho a él. Y como que él tenía mi pasatiempo favorito de gustarle la cacería. Y así que un día... Ellos tenían un hombre anciano allí; su nombre era Gabriel, pero ellos lo llamaban Gabo, para hacerlo más corto. Y el anciano Gabo era un hombre amable, pero él... no lo podíamos hacer que se sujetara a la iglesia. El pastor hacía todo lo que él podía por él; pero él sencillamente no se sujetaba a la iglesia. El tenía una amable y santa esposa, una buena mujer, y ella oraba constantemente. Y el pastor trató de hacerlo que fuera a la iglesia, pero él sencillamente no lo hacía. Le gustaba apostar un poco, y demás, y beber un poco. El sencillamente no se sujetaba a la iglesia.

Dios en Nosotros

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