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 Desde Ese Entonces William Marrion Branham

Desde Ese Entonces MP3 - William Marrion Branham

60-0716

Cita del Mensaje de William Marrion Branham:
Ahora, Moisés, él no tenía que mejorarse en nada; la única cosa que él tenía que hacer era encontrarse con Dios. Y un día, Dios descendió y escogió una zarza allá, y dijo: “Ven aquí, Moisés. Yo te quiero hablar”. Uds. saben, hay una cosa extraña al respecto. Moisés podía decir: “Desde ese entonces, algo sucedió”. Mírenlo. El se había establecido detrás del monte... mejor dicho, al pie del monte. Y cuando él lo hizo, se casó con una hermosa mujer etiope; y ella era bonita, y ella tuvo un hijito llamado Gersón. Y oh, a él sencillamente le estaba yendo bien. El se había casado con una hija de sacerdote, un sacerdote de Madián, la hija de Jetro, Séfora, y ellos–ellos se llevaban bien; tenía una pequeña familia adorable, tenía bastantes ovejas. Y le estaba yendo bien, así que él se olvidó del pueblo. Pero cuando Dios lo encontró a él, El lo cambió. Mírenlo allí, ese gran pastor allí; pero a la mañana....

¿Saben Uds.?, algunas cosas... una cosa al respecto: cuando un hombre se encuentra con Dios, uno siempre se da cuenta. El hará las cosas más ridículas, en comparación a las que él solía hacer. Miren a Moisés. Ahora, Moisés, a la mañana siguiente después que él se había encontrado con Dios en esa zarza ardiendo, y Dios le dijo que fuera a Egipto... El dijo: “Primero: muéstrame Tu gloria”. Y El le mostró sanidad Divina, cómo El podía sanar su mano leprosa. Y él iba rumbo a Egipto. Ahora mírenlo a la mañana siguiente; allí iba él rumbo allá. Ahora, era de ochenta años de edad. ¿Saben Uds.?, les tomó cuarenta años para meterle la teología en él; y le tomó a Dios cuarenta años para sacársela a golpes de él (correcto), para quitar de él lo que el mundo había metido en él. Pero Dios lo puede hacer en Uds. en cuarenta segundos, si tan sólo le permiten a El hacerlo. Pero luego....

Ahora, allí estaba él a la mañana siguiente. Un día era un escolar instruido, con toda la sabiduría de los egipcios, y a la mañana siguiente, miren a ese escolar. El tiene a su esposa sentada a horcajadas en una mula; ella tiene a ese niño en su cadera. Y él tiene una grande y larga...?... El tiene una barba así de larga, su cabeza calva brillando, una vara en su mano, yendo allá, cojeando: “¡Gloria!, ¡gloria!” “¿Adónde vas Moisés?” “¿Qué dijiste? ¿Eh?” “¿Adónde vas?” “Voy allá a Egipto a conquistar”. Una invasión de un solo hombre. ¡Pero él lo hizo! ¡El lo hizo! ¿Por qué? El se encontró con Dios. Y cuando los problemas se pusieron fuertes, y la–y la... todo yendo mal, él recordó que se había encontrado con Dios en esa zarza ardiendo. Eso ardía en su corazón, no importaba cuán crueles se pusieron los egipcios, y cuánto ellos no dejaban ir a los hijos de Israel, cuántas veces ellos se quejaron en el desierto, y dijeron: “Hubiéramos querido que Dios...”, y querían apedrearlo, y.... [Porción sin grabar en la cinta–Ed.].... Yo creo que eso no le molestó ni una pizca a él; él siguió hacia la tierra prometida, pues él se había encontrado con Dios en una zarza ardiendo. Sí, señor.

Fue la pequeña virgen María, sólo una muchachita común, en una ciudad más vil que ésta. Pero ella no fumaba o bebía; ella era una virgen. Y ella... Un día ella iba en su camino con probablemente una pequeña cubeta bajo su brazo, yendo hacia el pozo público para coger–coger algo de agua, el abastecimiento diario de agua. Sólo imaginémosla a ella caminando al lado del camino, caminando por allí hablando, o cantando para sí misma, quizás algún buen himno: “Jehová es mi pastor; nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar; confortará mi alma”.

[Porción sin grabar en la cinta–Ed.].... era un cántaro en esos días, en lugar de una cubeta. Y de repente la gran Columna de Fuego bajó enfrente de ella. De ese fuego salió Gabriel, el Arcángel. Dijo: “¡Salve, María! (Eso significa: ‘Detente. Espera un momento’). ¡Detente, María! Bendita tú entre las mujeres. Tú has encontrado favor con Dios, y tú vas a tener un bebé, sin conocer hombre”. Dijo: “¿Cómo será esto?” Dijo: “El Espíritu Santo te cubrirá con Su sombra. Y ese Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios”. ¡Amén! Desde ese entonces en adelante, María fue una mujer diferente. Esa virgencita tímida iba por dondequiera testificando: “¡Yo voy a tener un bebé, sin conocer hombre!”

Ella no esperó hasta que estaba segura; ella no esperó hasta que ella sintió vida; ella no esperó ninguna... La palabra del Angel fue suficiente para ella. Ella se había encontrado con Dios. Ahora, eso... Si Uds. pudieran hacer eso ahorita, si nosotros tuviéramos más Marías aquí en esta noche, si tuviéramos Marías que no esperan hasta que: “Yo esperaré hasta que... veré si yo me siento un poquitito mejor, antes que diga algo”. Antes que ella sintiera cualquier cosa o algo más, ella sencillamente tomó a Dios en Su Palabra y empezó a alabarlo por ello. ¡Oh, hermanos! Sigámosla por unos cuantos momentos; observémosla. Rápidamente.... Ella tenía una–una prima llamada Elizabet. Y Elizabet... El Angel le dijo a ella, le dijo: “Tu prima, Elizabet, está anciana...” Zacarías era un sacerdote; lo encontró en el templo, parado a la mano derecha del altar, y le dijo que él iba a tener un hijo por medio de Elizabet. Y ella iba a concebir después de los días de su ministración en el templo. Y ella....

Bueno, él dudó. Ese... Sólo piensen que ese sacerdote anciano tenía muchos ejemplos como el de Ana en el templo, y–y Sara (de la que acabamos de hablar), ancianas y teniendo bebés, y sin embargo dijo: “¡Oh, esto no puede ser! ¡Mi esposa está muy anciana!” El dijo: “Yo soy Gabriel que vengo de Dios. Tú estarás mudo hasta el día que nazca el bebé. Tú lo llamarás Juan”. Y él estuvo mudo. Y él fue allá, y su esposa, ella concibió. Y ella tenía seis meses sin ninguna vida en el bebé, y ella estaba mucho muy preocupada. Así que María había oído tocante a esto. Así que veo sus mejillitas rosadas, mientras caminaba, tan feliz como podía estar; no sentía nada todavía. Jesús nunca dijo: “¿Lo sentiste?” El dijo: “¿Lo creíste?” Uds. deben creerlo. En el momento que Uds. creen....

“Cuán preciosa esa gracia que se manifestó, la hora en la que primero sentí”. Eso no suena correcto, ¿suena? “La hora en la que primero creí. ¡Cuando creí en Dios!” Eso fue lo que la hizo preciosa. ¡Oh!, Dios está haciendo Su aparición noche tras noche en las reuniones, y mostrando las grandes señales y maravillas; ¡oh!, eso debería conmover nuestros corazones. Seguro que sí. “Cuán preciosa esa fe que se manifestó... gracia, la hora en la que primero creí”. Allí iba María, sus mejillitas rosadas, sus ojitos centellando, brillantes, se arregló toda, y por los montes de Judea se fue, adonde vivía su–su prima. Y yo puedo ver a Sara....

Yo veo mujeres en la calle... Estando cenando hoy, yo–yo... Ellos me hubieran echado fuera del restaurante, si yo no hubiera vuelto mi espalda. Una mujer entró allí, ya para ser madre en cualquier momento, con unos pantaloncitos cortos puestos, una mujer muy robusta, ¡oh!, y fumando un cigarrillo. Y el doctor dice que es una de las peores cosas que mata. Escuche, hermano, eso es un sabotaje. Seguro que lo es. Y los doctores dando advertencias que produce cáncer en la garganta y en los pulmones... y fumando eso, pasándolo directamente a ese bebé. Pero eso.... Pero las mujeres eran diferentes en esos días. Ella fue y se escondió, se apartó de la vista de los hombres, y ella se metió y se escondió. Y estuvo allí por–por seis meses; el pequeño Juan no se había movido. El estaba formado en el vientre de su madre. Nosotros sabemos que eso no es normal.

Así que quizás levantó la ventana, las cortinas, miró afuera de esta manera, y ella vio que venía una mujer hermosa, como de unos dieciocho años de edad. Ella miró otra vez. “¡Oh!”, ella dijo: “¡Es María! ¡Oh, qué cosa!” Y ella cogió su pequeño chal y se lo puso, y allí salió corriendo, rápidamente. Y su esposo estaba mudo en ese tiempo; él no podía hablar. Salió corriendo y tomó el–tomó el pequeño chal y se arropó con él, y salió corriendo. Ella había estado sentada allá al fondo, tejiendo botitas y cosas, Uds. saben, preparándose. Uds. saben, las cobijitas y cositas de tejido. Y así que ella salió corriendo, y ella dijo: “¡Oh, María!”

En esos días, Uds. saben, ellos se abrazaban uno al otro; ellos tenían amor el uno para el otro. Hoy en día, uno ya no ve que lo hagan. Yo estaba en el centro. (Mi esposa no está aquí esta noche, pero yo lo he dicho cuando ella está presente). Bueno, fuimos al centro no hace mucho tiempo, y una hermana dijo: “Hola, Hermana Branham”. Yo dije: “No le contestaste a ella”. Ella dijo: “Sí, yo le contesté”. “Bueno”, yo dije: “¿Cómo te oyó ella allá en la calle, cuando yo estoy sentado a tu lado y yo no te oí?” “Oh”, ella dijo: “Me sonreí”. Yo dije: “Una sonrisita simple, eso no es nada. ¡Qué cosa! ¿Por qué no le hablaste a la hermana?”

Me molesta ver esas cosas. Hace tiempo, yo estaba en Florida, y allí estaba un–un... Estábamos teniendo una reunión allí en unos campamentos que le pertenecían a una duquesa. Y ellos dijeron... Uno de los administradores vino y dijo: “La duquesa quiere verte”. “Bueno”, yo dije: “¿Quién es ella?” Y dijo: “Bueno, ella–ella es una gran mujer aquí. Ella es una duquesa”. Yo dije: “Bueno, eso... Ella sólo es una mujer, ¿no es así?” Dijo: “Sí”. Entonces yo dije: “Bueno, mire, si Ud. me va a dar tiempo para hablar con ella, ¿qué de algunas de estas pobres personas enfermas aquí que lo necesitan más?” ¿Ve? Y yo dije: “¿Qué del tiempo de ellos?” ¿Ve? “Oh”, dijo: “Pero ella–ella... la tendré detrás de la plataforma”.

Y me encaminé allá. Ella estaba parada allí con un par de lentes en su mano con una varilla al lado, sosteniéndolos lejos de ella de esa manera. Ahora, cualquiera con sentido común sabe que uno no pudiera ver con–con lentes sosteniéndolos lejos de esa manera. ¿Ven? Era una mujer corpulenta, con suficientes joyas en su brazo como para enviar a un misionero cinco veces alrededor del mundo. Sí, señor. Colgándole en.... Y ella dijo: “¿Es Ud. el Doctor Branham?” Yo dije: “No, señora; no”. Yo dije: “Yo soy el Hermano Branham”. “Oh”, ella dijo: “Estoy encantada”. Y ella puso esa manota manteniéndola arriba de esta manera. Ahora yo agarré esa... Yo extendí mi mano hacia arriba, y tomé su manota gorda, y se la bajé hasta aquí. Yo dije: “Estoy contento de conocerla”. Yo dije: “Póngala aquí abajo para conocerla la siguiente vez que la vea”. ¿Ven? Correcto. A mí me gusta un fuerte saludo de manos chapado a la antigua. A mí–a mí–a mí me gusta que la gente sea exactamente lo que es. Pretendemos mucho de esto, “perro americano” [persona que pretende ser lo que no es– Trad.], como nosotros lo llamamos. Nosotros somos Cristianos. Vivamos como Cristianos y seamos hombres y mujeres, soldados de la cruz. ¡Todas estas tonterías aquí serán...! A mí me gusta ese bueno y antiguo saludo de mano, cuando uno lo siente.

Paul Rader dijo en una ocasión, que él había dejado a su esposa sentada en la mesa, y ellos habían tenido una pequeña discusión tocante a alguna parte a la que él la quería llevar. (El gran Paul Rader, Uds. lo conocen; un buen amigo mío). El dijo que él–él como que se enojó, así que él–él se dirigió a la puerta. Y su esposa siempre lo esperaba allí y le daba un beso de despedida. Y salía por los escalones, y seguía caminando hasta el fin de la banqueta, y le respondía a ella con un gesto de despedida, y se iba a trabajar. Dijo que ellos habían tenido una pequeña discusión en la mesa tocante a algo. Y ella se quedó parada a la puerta, y él la besó. [El Hermano Branham hace un ruido imitando un beso–Ed.]. “Adiós”. Ella dijo: “Adiós”. Salió y se fue allá a la... y se volteó en el portalón, le hizo un gesto de despedida, y dijo que ella estaba parada a la puerta llorando. El dijo: “Adiós”. Y ella dijo: “Adiós”. Se fue por la calle, y dijo que algo empezó a obrar en su corazón (el Espíritu Santo echo mano de él, Uds. saben), empezó a obrar en su corazón. Y él dijo: “¡Oh, ¿qué si ella muere mientras no esté allí? ¿Qué si ella cae muerta? ¿Qué si yo muero? ¿Qué si me atropellan en la calle aquí en Fort Wayne antes que regrese? ¿Qué pudiera hacer?” Así, hablando de esa manera. ¡Oh, qué cosa! Dijo, él dijo: “Oh, tuve tal convicción, no sabía qué hacer”. El dijo: “Me regresé rápidamente, abrí el portalón de un jalón, y corrí y empujé la puerta para abrirla, y dije...Miré por todos lados y dije: ‘Elena, ¿en dónde estás? ¿En dónde estás?’” Dijo: “Yo oí un sollozo [el Hermano Branham imita un sollozo–Ed]”. Dijo: “Ella estaba parada detrás de la puerta”. Dijo: “Yo la miré de esa manera”. Dijo: “Yo no dije una sola palabra”. Dijo: “Sólo la abracé, y la besé, y yo dije [el Hermano Branham hace un ruido imitando un beso–Ed]: ‘Adiós’. Ella dijo: ‘Adiós’”. Así que él salió corriendo por el portalón, y volteó y miró para atrás. Y dijo: “Ella estaba parada a la puerta, y yo dije: ‘Adiós’, y ella dijo: ‘Adiós’”. Dijo: “Ella me hizo un gesto de despedida como lo hizo la primera vez, pero esta segunda vez había un sentir un él”. Así que eso es cómo....

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